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el lenguaje

 

> El lenguaje (2013)

 

 

El Lenguaje.

Era obvio que al final aparecería el paisaje. Lo preveía. La deriva clásica del que juega con la ciencia y la recorre. En este caso el paisaje se afrontó de la forma menos cierta: una de sus partes, la menos visible, como siempre la metáfora estaba servida

En un principio existían agricultores y pastores. El agricultor trabajaba duramente, de sol a sol. Sedentario, estaba inexorablemente unido al territorio circundante a su tierra; El pastor también trabajaba duro, también de sol a sol, pero en su recorrido nómada podía permitirse el lujo de recrearse en el placer de la visión y el descubrimiento. El apego al espacio era una necesidad más cercana a su ganado que a sí mismo, por ello recorría el mundo sin lugar propio.

El cabrero y su rebaño se comunican constantemente, su lenguaje, críptico es apto únicamente para los iniciados. Ininteligible para el resto, al no iniciado sólo le puede producir asombro y excitación. La cabra, al igual que un connoiseur, no sólo lo entiende, si no que lo acata y lo hace suyo como parte de su existencia.

El lenguaje reflexiona sobre el propio Arte. Cómo se entiende éste y cómo se establecen las relaciones entre sus agentes. Un artista, como un pastor, acarrea su trabajo, pero también tiene, como un pastor, momentos de plácida soledad sentado en una piedra observando lo que le rodea.

Juan del Junco. 2013

 

“Acostumbrados a que Juan del Junco (Jerez de la Frontera, 1972) se acerque a figuras científicas como las del naturalista (El naturalista y lo habitado, 2008), el ornitólogo (El sueño del ornitólogo y Epílogo ornitológico sobre qué era antes: el artista o el ornitólogo, 2008-09 y 2010 respectivamente) o el geólogo (Paisajes, 2011-12), de las cuales se apropiaba replicando sus procedimientos y métodos de trabajo para, con posterioridad, subvertir cientifismo, objetividad, universalidad, dato y frialdad optando por lo fabulador, lo evocador, lo subjetivo, lo individual y la memoria, ahora aparece en su imaginario la figura del cabrero. A pesar de las aparentes diferencias con aquellas, el pastor de cabras posee para Del Junco aspectos que lo hacen converger con los anteriores (contacto con la Naturaleza, derivas en ella, lo paisajístico, la soledad o las singularidades y similitudes de los metalenguajes) y, ante todo, que lo aproximan a él y a su trabajo como artista.

He aquí un primer aspecto fundamental, y puede que paradójico, respecto a la aparente asepsia científica de Del Junco: lo vivencial o un personal record, esto es, una suerte de registro personal, una implicación y contacto directo con los personajes y universos a los que se acerca.

Por otro lado, se alinea con cierta reflexión meta-artística que ha originado proyectos anteriores mediante la metaforización y la alegorización. El lenguaje es su serie más autorreferencial, en la que trabaja conscientemente sobre sí mismo, sobre la creación artística y sobre la certeza de que posee un lenguaje propio aunque, quizás como contrapartida a esa seguridad, intuye que no es accesible a todos, sólo a una comunidad o un grupo de iniciados que comparten el código: he ahí una de las preocupaciones del artista – ¿de todo artista? -: la capacidad para comunicar, la duda acerca de si se consigue la comunicación y -si me permiten- la comunión. Cabrero y cabras comparten ese código de sonidos, voces y gestos que, para la mayoría, resulta ajeno e indescifrable, haciéndola sentir al margen de esa comunidad que aquí se metaforiza en el rebaño, en los espectadores/usuarios que atienden al artista personificado en el cabritero. Las cabras, con sus miradas directas, casi desafiantes y que parecen tener auténtica profundidad psicológica, nos acogen en el figurado cerco, en la comunidad o en el rebaño. No se debe obviar en esta elección caprina cierto humor y vis desacralizadora -tal vez valiente extravagancia- que ha vuelto a recuperar el artista jerezano, aspectos que puntualmente incorpora a sus series y que alivian o se contraponen con lo riguroso de lo científico y el calado de la reflexión.

Del Junco desarrolla una reflexión meta-artística a través de sus vivencias, puesto que el cabrero comparte el espacio rural al que en los últimos trabajos se ha acercado sistemáticamente el artista, se interrelaciona con el paisaje en una deriva parecida a la suya y desarrolla cierta actitud contemplativa en soledad: Del Junco comparte, de este modo, algunos aspectos de un mismo modus vivendi. En esta suerte de posicionamiento vital, el artista no toma la figura del cabrero como metáfora de sí sin más, desde la lejanía, puesto que no hay condescendencia, no subyace una mirada desde lo culto para -en mayor loa propia- construir un relato sobre uno mismo y la profesión.

Aunque el discurso de Del Junco es prismático, privilegia en esta ocasión la interpelación acerca de su lenguaje y su universo -si lo prefieren su imaginario-, de sobre la certeza de la búsqueda de un lenguaje y la consecución del mismo y, con la incertidumbre quizás de todo proceso creativo, si ese código es universal o incluso si su mundo e intereses son inefables. Esta indagación en lo autorreferencial queda excedida al aprovechar la reflexión y el universo metafórico que la sustenta para albergar una reflexión meta-artística. Esto es, la posibilidad de que los miedos y las dudas acerca del propio proceso creativo y del lenguaje no sean individuales sino universales, es decir, que sean compartidos por otros creadores. Pero también cabría una lectura de carácter opuesto: en lugar de la inefabilidad o de la extrañeza, rayanas en lo ajeno, en lo que no-nos-pertenece o no-compartimos, debiera valorarse aquello que nos pone en-comunicación, es decir, el lenguaje. En función a éste se establece una comunidad, un vínculo y unas relaciones.

Frente al grueso del conjunto, de marcado carácter objetivo y catalogador, compuesto por fotografías y vídeos pulcros en la factura, seriales y conceptualistas, parafraseando registros de clasificación antropológica, Juan del Junco recupera la fotografía escenificada por la que transitó su trabajo hace algo más de un lustro. Nos referimos a Autorretrato a veces. Esta recuperación no funciona sólo como asimilación de la figura del cabrero a la del artista individual, es decir, a él, sino que encubre una cita a un fotograma de Ordet (1955), de Carl Theodor Dreyer. No resulta gratuita esta puesta en escena de Ordet, cuya traducción sería La palabra, en la que uno de los personajes es un estudiante de teología que se identifica con Jesucristo, predica y es, justamente esa predicación, lo que origina cierto rechazo. Tal vez sean esa palabra y la fe en ella un trasunto del lenguaje artístico, de la creencia en él, de la honestidad del artista y de la incomprensión que pueda causar, lo que motiva la paráfrasis, además de la posibilidad de insertar una figura en el paisaje natural (marco del cabrero), tal como ocurre en Ordet. Juan del Junco, tal vez inconscientemente, parece reeditar algunas de las metáforas mediante las cuales los artistas del cambio del siglo XIX al XX se representaron: los gitanos, los circenses o la misma figura cristológica actuaban como alegorías de lo artístico: seres marginados o incomprendidos por su trabajo, por sus circunstancias o por los cánones de vida que llevaban a cabo, no sujetos a normas. Indudablemente, la figura del cabrero no es marginal, sí, en cambio, es una figura contemplativa, en libertad, en comunión con la naturaleza.

La suma de elementos, cual programa iconográfico (artista/cabrero, espectadores/cabras) acaba por conformar una suerte de cartografía del ecosistema de las artes. El discurso puede no ser sólo el lenguaje, no parece ser exclusivamente las voces de los cabreros, sino que las piedras lanzadas con ondas adquieren esa condición. Tanto como los ladridos de los perros-pastores, apoyo y auxilio del emisor o creador y que en este metafórico reparto pudieran hacer las veces de todos aquellos exégetas que se encargan de interpretar y apoyar, o de hacer comprensible o más claro, el mensaje, aunque, en rigor, puedan manejar otro lenguaje. En ocasiones, el perro termina por conducir al grupo y se convierte -nunca mejor dicho- en la voz de su amo.

El paisaje, una droga, aquello que en los vídeos perdura ante la sucesión de voces y del trasiego de rebaños, en la fotografía puede adquirir un sentido metafórico al tratarse de un campo de adormideras, una especie narcotizante, analgésica y también adictiva.

No deja de ser curioso cómo Del Junco se aleja de la ciudad, de los “pueblos reunidos”, para imbuirse en la Naturaleza y a través de ella originar metáforas acerca del Hombre y algunas de sus capacidades y sistemas de ordenación y explicación del mundo, como el arte y la ciencia.”

Juan Francisco Rueda, 2013.